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La ciudad de los quince minutos y sus descontentos

Pocas ideas urbanísticas han hecho tanta carrera en tan poco tiempo como la de la "ciudad de los quince minutos". Formulada por el profesor Carlos Moreno y adoptada con entusiasmo por la alcaldía de París, propone algo aparentemente irreprochable: que cualquier habitante pueda cubrir sus necesidades cotidianas —trabajo, escuela, compra, sanidad, ocio— a un cuarto de hora a pie o en bicicleta de su casa. Quien la lea por primera vez tenderá a preguntarse cómo es posible que alguien se oponga. Y sin embargo, la oposición existe, y no toda ella es descabellada. Conviene distinguir, de entrada, entre la crítica seria y la delirante. La segunda, que floreció en las redes durante la pandemia, imagina un plan para confinar a la población en barrios vigilados; no merece más atención que la que se presta a cualquier teoría conspirativa. La primera, en cambio, señala algo que los defensores del modelo suelen pasar por alto: que la proximidad no se decreta, se hereda. Los barrios donde ya es posible vivir a quince minutos de todo son, casi sin excepción, los barrios antiguos, densos y caros. El modelo describe con precisión lo que ya funciona en el centro de París o de Barcelona y ofrece muy poco a quien vive en un polígono residencial de los años setenta, donde la escala del urbanismo se pensó para el coche y no se deshace con buena voluntad. De ahí se deriva una segunda objeción, más incómoda. Si la ciudad de los quince minutos se convierte en el estándar de lo deseable, el suelo de los barrios que lo cumplen se encarecerá todavía más, y sus habitantes actuales —los que hicieron posible esa vida de barrio— serán empujados hacia la periferia que el modelo no sabe arreglar. La proximidad, en otras palabras, corre el riesgo de convertirse en un bien de lujo con vocabulario progresista. Nada de esto invalida la idea; la sitúa. Como diagnóstico, es certero: hemos construido durante medio siglo ciudades en las que la vida diaria exige desplazamientos absurdos, y revertirlo es urgente por razones climáticas, sanitarias y de simple cordura. Como programa, exige mucho más de lo que su nombre sugiere: inversión pública en los barrios que menos la reciben, una política de vivienda que impida que la mejora expulse, y la humildad de aceptar que en muchas zonas los quince minutos serán treinta durante una generación. Lo peor que podría pasarle a la ciudad de los quince minutos es que triunfara como eslogan y fracasara como política. Sería la enésima buena idea convertida en decoración.

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1. ¿Qué propone la ciudad de los quince minutos?

2. ¿Cómo trata el autor la crítica que la considera un plan de confinamiento?

3. ¿Qué significa que "la proximidad no se decreta, se hereda"?

4. ¿Cuál es la "segunda objeción, más incómoda"?

5. ¿Cuál es la conclusión del autor?

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