El inventario
Cuando murió la tía Remedios, la familia descubrió que había dejado instrucciones. No un testamento —de eso se había ocupado el notario con la eficacia impersonal que la ley reserva para lo importante—, sino un cuaderno de tapas de hule, guardado en el cajón de la mesilla, en cuya primera página se leía, con la caligrafía de las escuelas de antes: "Inventario. Para quien le toque". Le tocó a Marina, la sobrina que vivía más cerca, que es la forma en que se reparten en las familias las tareas que nadie quiere. Se sentó en la cocina de la casa cerrada, con el cuaderno y una taza de un café que no llegó a beberse, y empezó a leer. El inventario no era lo que parecía. Enumeraba, sí, los objetos de la casa, habitación por habitación, con una minuciosidad que en las primeras páginas Marina tomó por manía de vieja. Pero cada objeto llevaba, además de su nombre, una historia. No una descripción: una historia. "Reloj de pared del comedor. Lo compró Andrés en Zaragoza el año que creíamos que iba a ganar la oposición. No la ganó. El reloj adelanta cuatro minutos desde entonces y nunca lo hemos arreglado, porque ya nos habíamos acostumbrado a llegar pronto." "Sopera de loza, con una grieta. Se rompió la Nochebuena de 1983, cuando tu madre y yo dejamos de hablarnos. Duró la grieta y duró el silencio: once años ambos. La sopera la seguí usando. A tu madre la llamé yo." Había más de doscientas entradas. Marina las leyó todas esa tarde y la mayor parte de la noche, y cuando acabó comprendió que no había leído un inventario, sino una autobiografía escrita por alguien que no se creía con derecho a escribir una. La tía Remedios, que nunca había salido de la provincia, que había cuidado de dos hermanos y de un marido y no había tenido hijos, había decidido que su vida no merecía un relato y sí, en cambio, un registro; que lo que ella era podía confiarse a los objetos que la habían acompañado, con la condición de que alguien supiera leerlos. Lo más difícil vino después. Porque un inventario, a diferencia de una autobiografía, exige una decisión sobre cada línea: quedárselo, darlo, tirarlo. Marina descubrió que la sopera rota era ahora imposible de tirar y el reloj imposible de arreglar, y que la casa entera se había convertido, en una sola noche, en un texto del que no podía borrar nada sin sentirse una editora infiel. Hubo objetos, además, que el cuaderno no mencionaba, y esos resultaron ser los más difíciles de todos. Un paraguas de hombre en el perchero del pasillo. Una postal sin escribir de un pueblo de la costa. Marina comprendió que el inventario no era una lista de lo que había en la casa, sino de lo que su tía había decidido explicar, y que todo lo demás —lo que había callado, o no había sabido cómo decir— se lo dejaba a ella sin instrucciones, como se deja lo que de verdad importa. Al final hizo lo que hacía su tía: escribió. Bajo cada entrada añadió una línea con lo que había decidido y por qué. "Reloj: me lo quedo. Sigue adelantando. Yo también llego pronto a todas partes; ahora sé de quién." Tardó tres meses en vaciar la casa. El cuaderno, con las dos caligrafías, lo guarda en el cajón de su propia mesilla, con la primera página intacta. Para quien le toque.
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1. ¿Qué diferencia había entre el testamento y el cuaderno?
2. ¿Por qué le "tocó" a Marina?
3. ¿Qué descubre Marina sobre el inventario al terminar de leerlo?
4. ¿Qué revela la entrada de la sopera?
5. ¿Qué hace finalmente Marina con el cuaderno?
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