Del arte de no responder
Hay una habilidad que ninguna escuela enseña, que ningún currículo menciona y que, sin embargo, distingue con una fiabilidad casi aritmética a quienes sobreviven en las instituciones de quienes las abandonan agotados: el arte de no responder. No me refiero al silencio, que es tosco y delata, sino a esa forma superior de la elocuencia que consiste en hablar durante varios minutos con aparente franqueza sin que al final pueda extraerse de lo dicho una sola afirmación comprobable. Sus practicantes más dotados operan en la política, desde luego, pero sería injusto limitarles el mérito. Florecen en los comités de empresa, en las reuniones de vecinos, en las tutorías universitarias y, con especial esplendor, en las ruedas de prensa deportivas, donde un entrenador puede ser interrogado sobre la alineación durante un cuarto de hora y despedirse habiendo hablado únicamente de "la actitud del grupo". Es una forma de arte popular, y como tal no ha recibido la atención crítica que merece. La técnica básica es la sustitución: se responde a la pregunta que uno hubiera querido que le hicieran. Las variantes son innumerables. Está el desplazamiento temporal ("lo importante ahora es mirar hacia adelante"), que convierte cualquier pregunta sobre el pasado en una impertinencia; la elevación de nivel ("esto forma parte de un debate más amplio"), que disuelve el hecho concreto en una niebla de generalidad; la falsa concesión ("entiendo perfectamente la preocupación"), que ocupa el lugar de la respuesta mientras simula precederla; y el recurso más refinado de todos, la pregunta devuelta, que obliga al interlocutor a definir términos que él creía evidentes y lo deja, al cabo de dos minutos, defendiendo posiciones que no sabía que tenía. Lo extraordinario no es que estas maniobras existan, sino que funcionen. Funcionan porque el oyente está programado para la cortesía, y la cortesía exige asumir que quien habla intenta comunicar algo. Cada evasiva se beneficia de esa presunción de buena fe durante los segundos que tarda el cerebro en detectar que no ha recibido nada, y para entonces la conversación ya ha pasado a otra cosa. El evasor no engaña: aprovecha un retraso. Conviene añadir que el evasor rara vez trabaja solo. Necesita un público dispuesto a confundir la fluidez con el contenido, y ese público somos nosotros cada vez que asentimos ante una frase bien construida sin preguntarnos qué acaba de decir. La evasión es, en este sentido, un arte colaborativo: se perfecciona exactamente al ritmo al que nosotros dejamos de exigir. Se dirá que exagero, que en toda conversación hay zonas de vaguedad legítima y que exigir precisión constante sería insoportable. Es verdad, y por eso mismo la distinción importa. La vaguedad ordinaria es un descanso; la evasión sistemática es una política. La primera se disculpa sola; la segunda se disfraza de la primera y confía en que no sepamos distinguirlas. Propongo, pues, un ejercicio modesto: al terminar de escuchar a alguien, intentar resumir en una frase qué ha afirmado. Si no sale nada, no es culpa nuestra. Es que no había nada. Y en ese momento, con toda la cortesía del mundo, conviene volver a preguntar.
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1. ¿Qué entiende el autor por "el arte de no responder"?
2. ¿Por qué menciona las ruedas de prensa deportivas?
3. ¿En qué consiste la "pregunta devuelta"?
4. Según el autor, ¿por qué funcionan estas maniobras?
5. ¿Cómo distingue el autor la vaguedad ordinaria de la evasión sistemática?
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