La ciudad que se dibujaba sola
Lucía cruzó el umbral del aula magna con la carpeta aún abierta, como si la clase no hubiera terminado del todo. Era la última sesión del seminario de Arte y Desigualdad Urbana, y el profesor Ahmed había invitado a un muralista del que todos hablaban: Diego Luján. Apenas se atenuaron las luces, Diego proyectó la imagen de un muro gris en un barrio periférico. Contó que el ayuntamiento le había encargado un mural para embellecer la zona. Sin embargo, no fue el encargo institucional lo que le retuvo allí, sino la obstinación de los vecinos. Lo que más le desconcertaba era que exigían aparecer, no como decorado, sino como sujetos de la historia. En las asambleas del barrio, a las que Diego acudía aunque nadie se lo exigiera, se mezclaban una profesora de secundaria, un ingeniero jubilado que había migrado desde Bolivia y una estudiante de sociología que no dejaba de tomar notas. Cada uno defendía una memoria distinta del mismo lugar: la fábrica demolida, los desahucios silenciosos, los grafitis borrados por orden municipal. Cuanto más escuchaba, menos claro tenía Diego qué debía pintar. Fue en una de esas noches, bajo un farol parpadeante, cuando decidió que el muro no sería un escaparate turístico. Terminó aceptando el presupuesto, pero rechazando la iconografía limpia que le proponía el ayuntamiento. El día de la inauguración, el público se encontró con un gran rectángulo casi vacío, salvo por una frase en letras discretas: Aquí faltan nuestras historias. Nunca se había visto una reacción semejante: una conmoción mediática que, paradójicamente, obligó a discutir aquello que se quería silenciar. Solo entonces comprendió Lucía por qué el profesor Ahmed había insistido tanto en que no basta con describir la ciudad desde lejos. No era la técnica pictórica lo que hacía político al mural, sino el conflicto que lo rodeaba. Lo que de verdad se jugaba allí era quién tenía derecho a narrar el espacio común. Al salir de la conferencia, la estudiante ya no pensaba en una tesis hecha de estadísticas impecables. Se sorprendió imaginando investigaciones que incorporaran talleres, asambleas y recorridos colectivos. No fue hasta que visitó el barrio semanas después cuando entendió la dimensión del gesto de Diego: el muro se había llenado de dibujos, consignas y firmas infantiles. Ya no era un mural de autor, sino un palimpsesto popular que, casi sin que nadie lo planeara, estaba dibujando otra ciudad posible.
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1. ¿Cuál es la transformación principal que experimenta Lucía a lo largo del texto?
2. ¿Por qué Diego decide dejar el muro casi vacío con solo una frase?
3. En el texto, la expresión "conmoción mediática" se refiere a:
4. Cuando al final se dice que el muro se había convertido en "un palimpsesto popular", se sugiere principalmente que:
5. ¿Cómo se caracteriza la relación entre el ayuntamiento y los vecinos en torno al mural?
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