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La ecuación inconclusa

Cuando el profesor Sandoval anunció que su último seminario se titularía "Física cuántica y novela latinoamericana", muchos pensaron que se trataba de una excentricidad final antes de su jubilación. Él, en cambio, lo concebía como una despedida a la altura de sus obsesiones: la indeterminación, la voz narrativa y la insoportable costumbre humana de buscar causalidades donde solo hay probabilidades. Aquella tarde lluviosa llegaron pocos estudiantes. Entre ellos destacaba Lucía, doctoranda en literatura, que había leído con fervor a Borges y a Clarice Lispector, y Tomás, físico de partículas, convencido de que toda filosofía no era sino una estadística mal entendida. Sandoval proyectó en la pantalla la ecuación de Schrödinger y, junto a ella, un fragmento de "Rayuela". Los miró en silencio, esperando que alguien notara la ironía: dos sistemas formalmente distintos que, sin embargo, compartían un mismo vértigo frente a lo posible. —Si el estado de una partícula no está definido hasta que la observamos —dijo Sandoval—, ¿qué ocurre con el desenlace de una novela que aún no hemos leído? La física llama a esto superposición; la crítica literaria, ambigüedad. Pero ambas disciplinas, en el fondo, se debaten con la misma pregunta: ¿existe un final antes de ser elegido? Tomás replicó que la comparación era un abuso metafórico. Las partículas, insistió, obedecen ecuaciones precisas; los personajes, en cambio, son artefactos verbales sometidos al capricho del autor. Lucía intervino entonces, citando a un narrador borgeano que sospecha que también él es escrito por otro. ¿Y si el autor, propuso, fuera tan prisionero de las probabilidades biográficas y neuronales como cualquier electrón del experimento de doble rendija? En un intento casi teatral, Sandoval apagó las luces y repartió unas hojas en blanco. Les pidió que redactaran, en diez minutos, el desenlace de un cuento inexistente sobre un científico que descubre que su ecuación maestra depende de una coma mal colocada en un poema. Mientras escribían, él conectó en secreto un pequeño algoritmo de modelado del lenguaje que había programado con ayuda de un exalumno. El sistema, alimentado con teorías de decoherencia y con el corpus completo de la narrativa rioplatense, generaría al mismo tiempo su propia versión del final. Cuando retomaron la luz, tres desenlaces coexistían sobre la mesa: el de Lucía, denso y metaliterario; el de Tomás, implacablemente lógico; y el del algoritmo, sorprendentemente sobrio, casi indolente. Sandoval los leyó en voz alta. Ninguno resolvía la ecuación; todos, sin embargo, conferían un sentido distinto al mismo problema científico inicial. Tras un largo silencio, preguntó quién creía haber escrito el final verdadero. Nadie levantó la mano. De camino a casa, Lucía pensó que quizá la realidad no era más que una biblioteca de versiones apenas divergentes, perpetuamente aplazadas. Tomás, molesto, admitió para sus adentros que la frontera entre modelo físico y ficción era menos nítida de lo que había defendido. Sandoval, por su parte, guardó los tres textos en una carpeta azul sin etiquetar. Intuía que, al no elegir ninguno, preservaba una suerte de superposición narrativa. Años después, cuando un crítico literario encontrara esa carpeta en un archivo polvoriento y tratara de ordenar cronológicamente aquellos finales sin fecha, repetiría, sin saberlo, el experimento de medición que tanto había obsesionado al viejo profesor.

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1. ¿Cuál es la intención principal de Sandoval al organizar el seminario "Física cuántica y novela latinoamericana"?

2. ¿Qué postura inicial adopta Tomás frente a la comparación entre física cuántica y literatura?

3. En el contexto del relato, ¿qué función cumple el algoritmo de modelado del lenguaje que utiliza Sandoval?

4. Cuando se describe el final generado por el algoritmo como "sorprendentemente sobrio, casi indolente", ¿qué matiz aporta el adjetivo "indolente"?

5. ¿Qué efecto tiene el hecho de que Sandoval guarde los tres finales sin etiquetar en una carpeta azul?

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