El experimento de las páginas paralelas
Cuando Clara regresó a la casa de su tío Ernesto, en el viejo barrio universitario, llevaba bajo el brazo un cuaderno repleto de fórmulas, bocetos de diagramas de Feynman y anotaciones marginales sobre Borges. Había decidido convertir su investigación en física cuántica en un relato, convencida de que solo una estructura narrativa adecuadamente compleja podía dar cuenta de la interpretación de los mundos múltiples. Ernesto, filósofo jubilado y ex profesor de estética, hojeó el cuaderno con una mezcla de escepticismo y ternura. «Mezclar ecuaciones con metáforas es como cruzar gatos con ecuaciones diferenciales», murmuró, aunque sus ojos revelaban curiosidad. Clara le explicó que su experimento mental partía de la observación de un fotón que, al pasar por una doble rendija, generaba una superposición no solo física, sino también narrativa: en un universo, el personaje que lo observa decide contar lo que ve como crónica rigurosamente científica; en otro, lo transforma en una alegoría sobre el libre albedrío. —Lo que pretendo —dijo Clara— es mostrar que la forma del relato condiciona lo que consideramos real. Si en un universo predomina el discurso científico, la ambigüedad moral se vuelve ruido; en el otro, el dato experimental queda relegado a un símbolo. Ernesto sonrió con cierto cansancio. Le recordó que la filosofía llevaba siglos lidiando con la fragilidad de los conceptos de verdad y realidad, mientras que la ciencia, arrogante y joven, recién parecía darse cuenta de que sus modelos eran construcciones elegantes pero parciales. Sin embargo, le intrigaba la idea de un «experimento literario» como prolongación de un experimento físico. Pasaron la tarde reescribiendo un mismo episodio en registros distintos: descripción empírica minuciosa, monólogo interior saturado de dudas, narrador omnisciente que finge neutralidad, e incluso una voz coral que intentaba disolver al sujeto en puro lenguaje. Cada versión conservaba los mismos hechos observables, pero la causalidad, los matices éticos y hasta la identidad del protagonista se desplazaban sutilmente, como si el texto fuera un interferómetro destinado a mostrar la naturaleza esquiva del sentido. Ya entrada la noche, cuando el barrio se había vuelto un entramado de ventanas encendidas y murmullos lejanos, Clara propuso un título: «Páginas paralelas». Ernesto, tras un largo silencio, concedió que el proyecto no era solo un capricho posmoderno. Al obligar al lector a elegir una lectura dominante, el relato reproducía la violencia epistemológica con la que se colapsa la función de onda en un valor medible. Al día siguiente, Clara presentó el manuscrito en un seminario interdisciplinario. Algunos físicos lo desestimaron como literatura disfrazada; ciertos críticos literarios lo tildaron de tratado técnico apenas maquillado. Solo una estudiante anónima, sentada al fondo, levantó la mano para sugerir que quizá el experimento no consistía en el texto mismo, sino en las interpretaciones incompatibles que despertaba en la sala. Esa noche, al releer los comentarios, Clara comprendió que su relato había generado, fuera del laboratorio, una constelación de mundos posibles. No pudo evitar preguntarse si toda teoría —ya fuera científica, filosófica o narrativa— no era, en el fondo, un modo refinado de organizar la incertidumbre, más que de disiparla. Y aceptó, con una serenidad nueva, que quizá el rigor consistiera precisamente en aprender a habitar ese vértigo.
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Responde las preguntas
1. ¿Cuál es la intención principal de Clara al combinar física cuántica y relato literario?
2. ¿Qué actitud muestra Ernesto ante el proyecto de Clara al comienzo del texto?
3. Cuando se afirma que el texto funciona como un "interferómetro destinado a mostrar la naturaleza esquiva del sentido", ¿qué se sugiere?
4. ¿Por qué el título «Páginas paralelas» resulta significativo dentro del relato?
5. ¿Qué papel tiene la estudiante anónima en el desenlace del relato?
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