La última función
Nadie le había pedido a Aurelio que dejara el teatro, y eso, más que ninguna otra cosa, era lo que le dolía. Un despido habría tenido al menos la dignidad de un enemigo. Lo que había en su lugar era una serie de silencios: el director artístico que ya no lo llamaba para los papeles principales, el ayudante de dirección que le hablaba con esa cortesía un poco elevada que se reserva para los mayores, la compañera de reparto —treinta años más joven— que le preguntó, con toda la buena intención del mundo, si necesitaba que le repitiera la marca. Se lo contó a su hija una tarde de domingo, mientras ella fregaba los platos y él secaba, en la coreografía que mantenían desde que murió su mujer. Lo dijo sin drama, como quien comenta el tiempo, y ella tardó un momento en entender que no estaba hablando de una obra. —¿Y qué vas a hacer? —preguntó. —Una última función —dijo él—. Bien hecha. Y luego nada. Ella conocía lo bastante a su padre como para no discutir. Lo que hizo fue algo mejor: fue a verlo. No la noche del estreno, cuando la sala está llena de compromisos, sino un martes de lluvia, la cuarta semana, cuando solo van al teatro los que de verdad quieren ir. Se sentó al fondo y lo observó hacer un personaje secundario —un notario, tres escenas, apenas veinte réplicas— con una precisión que a ella, que había visto a su padre en papeles mucho mayores, le resultó desconcertante. No había nada de sobra. Cada gesto llegaba exactamente cuando debía y se retiraba en cuanto había cumplido su función. El público no lo notó, y eso era precisamente lo que había que notar. Después, en el bar de enfrente, ella intentó decírselo y no encontró las palabras. Él la ayudó. —Cuando eres joven quieres que te miren —dijo—. Luego quieres hacerlo bien. Y al final, si tienes suerte, descubres que las dos cosas nunca fueron la misma. Ella asintió, aunque no estaba segura de haberlo entendido del todo. Pagó los cafés, cosa que él permitió sin protestar por primera vez en su vida, y lo acompañó hasta el portal bajo una lluvia que ya no era más que niebla. La obra terminó en marzo. Aurelio no volvió a actuar, pero tampoco dejó de ir al teatro: los martes de lluvia, al fondo, a mirar cómo trabajaban los demás. Su hija sospecha que sigue corrigiéndolos en silencio, y que en eso, quizá, consiste retirarse: en seguir viendo lo que otros no ven, y en haber hecho las paces con que nadie te lo pida.
Klausytis teksto
Atsakykite į klausimus
1. ¿Qué es lo que más le duele a Aurelio?
2. ¿Cómo le cuenta Aurelio su decisión a su hija?
3. ¿Por qué elige la hija ir un martes de lluvia?
4. ¿Qué le resulta "desconcertante" a la hija?
5. Según la reflexión final, ¿en qué consiste retirarse para Aurelio?
0 / 5 atsakyta